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Egberto Gismonti, sólo piano en el Colón. Siete temas y tres bises. Un poco vanidoso suena el titulo de esta nota, pero algunas veces entran los duendes al Colón, y ésta fue una de ellas. El lunes 21 de abril por la noche, la sala colmada de un público ansioso esperaba la entrada al escenario de uno de los músicos más categóricos del Brasil, nuestro hermano país.
Egberto Gismonti ofreció un recital de composiciones propias, de Villalobos y Piazzolla (a quien admiraba en demasía).
No fue un concierto largo, quizá ochenta o noventa minutos, pero sí fue mucha la energía desplegada por el pianista. Le brotaban desde lo más profundo de su alma toda rítmica folklórica nacionalista, puesta al servicio de un camino todavía nuevo por recorrer.
El duende apareció en sus dinámicas, sorprendentes en el manejo de los planos sonoros, separando ambas manos en un diálogo casi mágico, poco visto en músicos populares que por su calidad ya dejan de ser populares para pertenecer al pequeño mundo de los grandes entendidos.
Permamentemente se deslizaban dentro de las piezas, minutos de fresca improvisación, y el duende volvía a saltar por el escenario, mientras la larga ovación despedía el cierre de su tercer bis.
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