La Villa, la Villa,... ¡te había oído nombrar tanto! que sentí urgencia por conocerte... y fue en el verano del ’64. Te vi rubia, cual cerveza alemana, despeinada, intrépida, adolescente y salvaje... misteriosa amazona y doncella que los Hippies de aquella época trataban de enamorar fabricando y regalándote sus anillos, collares de mostacillas y espejitos de colores que, hechos con talento e inspiración, no sólo conseguirían enamorarte si no que, asombrarían al mundo con sus artesanías y manualidades.
Y yo volví después, en otro verano, con mi guitarrón de 12 cuerdas a cuestas, como un errante Trovador a regalarte mis canciones, en mágicas noches donde La Bota Rota –de Erika y Néstor “Calígula”- se atestaba de público que procuraba oír y ver lo que allí sucedía.
Era un pequeño escenario donde, uno tras otro, los artistas desfilaban, y... ¿quién, después de haber estado allí aplaudiendo y divirtiéndose no soñaría ser también uno de ellos? Tener la gracia de un Jorge Corona haciendo un chiste, elaborando un cuento; la voz, el sentimiento de un Miguel Ángel Trelles -que entre La Bota y Maquiavelo, de Roberto Paulino, dividía sus presentaciones; la inspiración de Piero en sus melodías, la personalidad de Gian Franco Pagliaro y sus canciones de protesta; el verbo español impecablemente recitado por Paco de Arriba; las canciones de César Isella, de Carlos Barocela en la voz de Ernesto Gauna –( hoy: Pocho La Pantera)-, la gracia, el humor y talento inagotable de José Luis Gioia, tocar la guitarra como el maestro Ángel Montes – de “Sobrepinos”, el repiqueteo del Bongo del Chango, la pandereta, el ritmo de Marito Acri, el desparpajo de Hugo Varela y sus desopilantes mímicas, las imitaciones y ocurrencias de Beto y Corcho -(Beto Cesar y el petiso Ernesto)-, la extraordinaria y potente voz de Rafael Cini con su “Guajira del Comandante”; Ernesto Berro: “Nazareno”, con su profesionalismo y su “Trompeta” imitada a la perfección, la simpatía de “Albertito” Méndez y sus melódicas canciones, la fuerza y expresividad de Daniel San Fernando, el explosivo sonido de la Guitarra del “Tano” Giovanni haciendo “Zorba el Griego” o “Jinetes en el cielo”, las románticas canciones Italianas cantadas e interpretadas por otro “Tano”: Adriano Mori, la emotiva canción de Alberto Cortez: “El abuelo” en la voz de Enrique Altamiranda..., Rafael Amor cantando sus propias canciones y haciendo “estallar” el aplauso de un público entusiasmadísimo...
Y cuanto personaje famoso pasara por esa “escuela”, como invitado participando y augurándole a ese nido de Artistas un auspicioso futuro, para que luego la vida se encargara de “repartirlos” por el mundo entero, unos con más fortuna que otros, pero todos con talento y un respeto por el público, digno de ser imitado hoy, después de tantos años en ésta - a veces - “mal acomodada estantería” de valores artísticos que vemos día a día en nuestro país.
Gracias Gesell, por todos esos años dorados, por todas las vivencias y experiencia adquirida, por la amistad que se daba a manos llenas, por tus encantadores paisajes donde, hasta los míos, inmigrantes Italianos, quedaron prendados de tu belleza y sus pocos ahorros los invirtieron en lo que hoy es una humilde, pero confortable casa residencial y un motivo de encuentro familiar, dado que durante el año nuestras diversas ocupaciones nos mantienen distanciados, y es aquí en Villa Gesell, y en el verano, donde la mesa esta siempre servida y nuestra madre vuelve a tener cerca a sus hijos. (Adriano Mori, Villa Gesell, Octubre de 2002).
Descripción, reseña y anécdota contada y escrita por un artista que ha recorrido el mundo con sus actuaciones, cosechando vivencias, éxitos, premios y aplausos, pero que no olvida, sino que, al contrario; reivindica con orgullo sus comienzos artísticos en la querida y siempre bien recordada Villa Gesell.
Este relato se encuentra en el Museo Histórico de la Casa de la Cultura de Carlos Gesell.
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