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Aprovechando la primera visita del talentoso pianista polaco Leszek Mozdzer a la Argentina, para brindar un concierto en el Teatro Nacional Cervantes, la presente nota intenta comprender qué puntos en común pueden existir entre la música de jazz y las obras de Frédérik Chopin.
El mundo de la música clásica, a menudo también designada como música académica, no es antagónico respecto de otras dimensiones musicales, y el jazz en particular parece serle cercano en más de un aspecto; sobre todo a partir de la aparición de un jazz que resulta notoriamente academicista y que podría denominarse de élite, aunque ante ello merecería recordarse que una parte importante de las obras que componen el repertorio clásico fueron en su origen piezas de carácter absolutamente popular.
Sin embargo, es también necesario reconocer una diferencia fundamental entre ambos universos musicales, que de alguna manera marca límites hasta cierto punto irreconciliables y claras fronteras. Esta diferencia radica en el hecho de que allí donde el ideal de la música clásica reside en que el intérprete ejecute la obra en cuestión lo más fielmente posible respecto de su partitura original (algo que llevado al extremo hace que algunos melómanos asistan a los conciertos munidos de las partituras correspondientes para verificar la exactitud de la ejecución), el jazz se deleita en cambio incorporando variaciones de todo tipo, al punto de hacer de esta característica su perfil creativo más fuerte.
Esta cualidad del mundo del jazz es la que da origen a los llamados standards, composiciones que la generalidad de los intérpretes conoce de memoria y que son ejecutadas una y otra y otra vez, aunque siempre de un modo diverso, al punto de que resulte difícil hallar dos interpretaciones verdaderamente similares de un mismo standard, incluso en el supuesto de haber sido ejecutadas por un mismo músico.
Ahora bien, en tiempos de globalización y de aproximación del jazz a lo académico, parece bastante natural que el músico informado se vea atraído por la posibilidad de tomar una pieza musical cualquiera, ajena al corpus natural del jazz, como material para elaborar una improvisación. Así es como los límites comienzan a desdibujarse, y con ellos las reglas, más allá de la probable excepción que constituye Keith Jarret, quien ha logrado tanto mantener su posición de pianista estelar de jazz como ser respetado por sus interpretaciones de obras académicas de Schönberg, Bach, Handel o Mozart, llevadas a cabo a la manera de un músico clásico.
Podríamos mencionar como contrapartida, entre varios otros, nombres como los de Jacques Loussier o Claude Bolling, que combinaron el lenguaje clásico con el del jazz (el primero trabajando directamente sobre obras de Bach, Vivaldi o Ravel; el segundo componiendo obras de lenguaje casi clásico, pero combinando al mismo tiempo un trío de jazz con el instrumento solista de turno). O bien Chick Corea, Bobby McFerrin o Herbie Hancock, todos ellos músicos de jazz que incursionaron en la elaboración de música con mayores pretensiones. Precisamente Corea y Hancock se cuentan entre los principales referentes que reconoce el pianista que nos ocupa en la ocasión: Leszek Mozdzer.
Leszek Mozdzer nació en el año 1971 y tuvo una formación musical precoz, que lo llevó a tocar el piano a la edad de cinco años. En el conservatorio aprendió las obras de Chopin, que supo ejecutar fielmente de acuerdo a las partituras según corresponde a cualquier virtuoso del piano nacido en Polonia. Pero cargado de innumerables otras influencias, de la más diversa especie, no transcurrió mucho tiempo hasta que el músico decidiera hacer con Chopin lo que sólo cabría haber esperado que se hiciera con un standard de Davies o Coltrane.
¿Qué música hubiese hecho Chopin de haber conocido el jazz? Evidentemente la respuesta sólo podría ser especulativa. Pero en las manos de Mozdzer una polonesa puede adoptar de pronto ritmos caribeños, o un típico rubato chopiniano ser reemplazado sin aviso por un contagioso swing. Esto no significa no tomar la música de Chopin en serio, sino todo lo contrario: el respeto reside en los intentos de reelaborar esa música de acuerdo a la particular sensibilidad del pianista que improvisa y varía elementos, pues no se trata de un músico clásico, sino de un músico de jazz, regido por reglas distintas. Un músico virtuoso y subyugado, de todas maneras, por la belleza originaria de las piezas escritas por Chopin.
Ganador de numerosos premios internacionales, el currículum de Mozdzer menciona su labor al lado de figuras tales como Billy Harper, Joe Lovano, Lester Bowie, Emil Kowalski, Archie Sheep, Zbigniew Preisner y Arthur Blythe, entre otros.
Con más de 40 discos editados, este talentoso instrumentista visita ahora la Argentina por primera vez, invitado por la Embajada de Polonia en Argentina y la Fundación Chopiniana de Buenos Aires, para brindar un único concierto el día miércoles 6 de noviembre, en el Teatro Nacional Cervantes. Lo recibirá como anfitrión otro gran pianista de jazz, en este caso local: Jorge Navarro, quien estará encargado de abrir el concierto con su propia música, también él en piano solo.
Habrá que aprovechar esta oportunidad, acaso única, de escucharlo. Y deberá ser con los oídos y las ideas bien abiertas. Lo cierto es que Mozdzer es un pianista brillante, y la música clásica no es en absoluto ajena al buen músico de jazz, independientemente del hecho de que los códigos que se manejen sean diferentes. La música de Chopin subsiste, y esto es lo importante, recreada en medio de libertades impensadas por el melómano ortodoxo, que acaso deba replantearse por un rato su defensa acérrima de la intangibilidad de las obras maestras de la música.
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